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La Gran Concha y los 15 Milanos: un cuento para iniciados

10 octubre, 2012

Un buen día los milanos, hartos ya de sobrevolar el mundo contemplando la barbarie propiciada en tierra por la famosa “ley de la selva”, decidieron juntarse para intentar cambiar el mundo (ellos hasta entonces tan independientes, tan orgullosos de las cualidades que les hacían únicos).

No eran muchos, es cierto, y estaban en franca minoria respecto a la gran cantidad de especies distintas que forman la biodiversidad; pero, se dijeron, hoy somos los milanos, mañana nos juntaremos con las garzas, los pinzones, el resto de las aves… y algún día, si todo va bien, convenceremos a otras especies, terrestres, voladoras y acuaticas de que comer y ser comido no es la única manera de subsistir.

Se unieron en asambleas voladoras, intensos debates que transcurrian en pleno vuelo, siempre en movimiento, sin ningún sitio en el que pudieran posarse con tranquilidad para debatir la simbiosis, la cooperación y otras formas de vivir alternativas.

Llegaron a grandes acuerdos y con ellos fueron despertando las conciencias de individuos de otras especies, que poco a poco, fueron sumandose a la causa común; incluso especies con sus mismos anhelos y que hasta entonces habían permanecido en la “clandestinidad” que propicia la amistad entre individuos afines. Así los osos, los gatos, las salamandras y otras muchas especies se encontraron juntos caminado hacia los mismos objetivos.

Todo parecía ir bien, cada grupo tenía sus reuniones en los cubiles propios de su especie. Pero los milanos seguían sin poder posarse en lugar seguro por miedo a la oposición de muchas especies agresivas. Hasta que los caracoles se unieron a la causa común…

– Nosotros nos juntaremos y como buenos moluscos gasteropodos- dijeron- crearemos una gran concha común donde cualquier especie será bienvenida y donde vosotros, oh milanos, podreis tener un refugio para debatir y crear un mundo nuevo cuando el viento os sople en contra y no os permita volar. Juntos podemos construirlo: otras especies puede aportar ramas y piedrecitas que nosotros uniremos con nuestro cemento natural.

Como en cualquier agrupación hay individuos de todo tipo y entre los gasteropodos no va a ser menos; había alguno con muy mala baba, reconozcamoslo. Pero eran trabajadores y conocian el oficio de hacer casas. Así que se pusieron a la tarea junto con muchas otras especies.

En todas las especies sucedía lo mismo; Cabe destacar el caso de los milanos que, con su larga vista, su capacidad de sobrevolar el mundo y los agudos gritos con los que se comunican a largas distancias, avanzaban en la causa común rápidamente. Pero tambien tenian entre sus bandadas una familia disidente, los Rostrhamus Sociabilis (a los que comunmente conocemos como Milanos Caracoleros), que pese a hacer enormes esfuerzos en un principio, no podían negar su naturaleza de grandes comedores de caracoles.

Esos pocos Milanos Caracoleros (recordemos que pertenecen a una especie en extinción de los que apenas quedan unas 400 parejas en el mundo) acechaban a los constructores; inicialmente de manera casi involuntaria, pero cada vez más decididos cuando su futura cena se refugiaba en su concha o resbalaba cuestaabajo (al más puro estilo surfista) sobre su propia baba, para evitar convertirse en el plato principal.

La escalada de acecho y huida se convirtió en masacre:

Los milanos caracoleros que habían sobrevivido a las estrategias de los caracoles para dejarles sin comer, intentaron lanzar una última ofensiva contra la Gran Concha común, donde los gasteropodos, también diezmados debido a la voracidad de las aves, intentaban refugiarse doblando la protección de su concha natural con las paredes creadas por todas las especies implicadas en el pro-común.

El resultado del cerco a la Gran Concha se recuerda como una leyenda. Hay quien dice que las especies implicadas en la construcción defendieron con garras y dientes el refugio y a los constructores, otros dicen que hubo mediaciones y tributos a los milanos, incluso hay quien afirma (y dicen saberlo de buena tinta) que la algarabia fue aprovechada por las especies opositoras más agresivas (con la complicidad de otras que aún eran presas del miedo a la “ley de la selva”) para zamparse a los individuos y destruir cualquier atisbo de unión inter-especifica. No está nada claro, porque los 15 Milanos supervivientes perdieron, en la rellerta, la capacidad de comunicarse con otras especies y la Gran Concha desde entonces permanece oscura y vacía, probablemete deshabitada.

Aunque nadie ha revisado aún todos sus sótanos, en los cuales, algunos afirman que aún sobrevive un tenaz grupo de caracoles…

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Pastel de zanahoria y coco

3 bases de tarta, bizcocho casero cortado en láminas o bollos suizos, pan de leche….
1000 g de zanahorias
100 g de azúcar
150 g de coco rallado

Para emborrachar
100 g de brandy, coñac o el licor que nos guste (con o sin alcohol, para los peques)
100g de agua
2 cucharadas soperas de azúcar

En primer lugar ponemos a cocer las zanahorias en agua.
Mezclamos el brandy, el agua y el azúcar removiendo hasta que el azúcar se disuelva. Reservar.
Cuando estén cocidas, escurridas y templadas, añadir el azúcar y se tritura con la batidora hasta que quede una cremita fina y añadimos el coco (se reserva un poquito para decorar) y mezclamos bien. Reservamos.

Montar la tarta:
– Colocar una base de tarta (o lámina de bizcocho o bollos suizos cortados en láminas – para que aguante la forma, en este último caso, los colocamos dentro de un aro grande de emplatar-)
– Emborrachamos el bizcocho regando con la mezcla de azúcar, brandy y agua.
– Encima le repartimos la tercera parte de la crema de zanahoria, de manera que quede una capa homogénea en altura.
– Cubrimos con la siguiente base (o lámina…) y repetimos el proceso 2 veces más de manera que la tarta quede: Bizcocho Borracho+ Relleno+ BB +R+ BB+R

Esta ultima capa de relleno la decoramos a nuestro gusto con coco rallado, dibujos con el relleno tirado a manga, virutas de chocolate con leche… etc. También podemos cantear la tarta, es decir cubrir todos los bordes en altura con parte del relleno espolvoreado de coco…

Problemas de lateralidad

14 mayo, 2011

La tercera vez que me examiné del práctico de coche, después de comerme medio ansiolítico (porqué las dos veces anteriores los nervios me habían mantenido temblando durante días) iba yo tan tranquila, un poco borracha, con los músculos flojos y la sonrisa boba, a examinarme.

Todo marchó bien; aparqué en batería, me paré en los lugares indicados y parecía que esa vez sí, que iba a ser la refinitiva. Cuando ya volvíamos al centro de exámenes, conducía yo todavía por la autopista, el examinador me pidió que me metiera en la siguiente por la derecha. Yo marqué con el interruptor, y iba a cambiar de carril cuando me repitió con urgencia “a la derecha”. Entonces me dí cuenta de que me estaba equivocando… En un microsegundo tras exclamar alegremente “Ah! La otra derecha!”, marqué bien, revisé los retrovisores y salí de la autopista airosamente, sin problemas.

Mientras esperabamos los resultados nos tomamos un merecido desayuno, que consiguió bajarme un poco el globo de tranquilidad que llevaba, gracias a lo cual recibí la noticia del aprobado con el alborozo debido.

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Magdalenas de zanahorias y naranja
Raciones: 24 ud pequeñas

150 gramos azúcar
250 gramos zanahoria
3 huevos
100 gramos mantequilla; a temperatura ambiente
1 naranja
200 gramos harina
1 sobre levadura
sal
1 cucharadita jengibre fresco rallado finamente

Pelar y rallar las zanahorias finamente.
Rallar la piel de naranja y exprimirla.
Cocer la zanahoria con la piel de naranja durante 15 minutos.
Escurrir y reservar.
Batir los huevos con el azúcar hasta que estén montados.
Añadir la mantequilla en pomada y la zanahoria.
Mezclar por completo.
Añadir la harina, la levadura, la sal, el zumo de la naranja y el jengibre.
Precalentar el horno.
Rellenar los moldes a 2/3 de su capacidad y hornear a 190º durante 15 minutos

El rollito de la primavera

24 febrero, 2011

Ahora que aún estamos sufriendo el invierno (yo, desde que me volví de Las Palmas los inviernos no los paso, los sufro) y suspiramos por el calorcito, por poder quitarnos el abrigo y enseñar un poco de carne sin sufrir un resfriado; aunque, en fin, el punto exibicionista persiste a pesar del frío, pero por debajo de la bufanda, lo que hace que dependa más de la imaginación del buen mirón…

Ahora, decía (que me disperso), que estamos deseando poder alargar las tardes en los parques (treintañeros largos haciendo botellón como los chiquillos, eso sí, con pasta en el bolsillo para pagar la multa y/o humor suficiente para ir a la charla de concienciación-anti-botellón) y que deseamos poder ir en bici sin que se nos hiele la nariz…

Es ahora cuando nos olvidamos, por completo, de los ojos llorosos, los estornudos y el salir de casa con el bolso ocupado por ventolines variados, antistaminicos a saco y kleenex suficientes para desertizar media Galicia.

Ah, memoria infiel!! Te olvidaste de la alergia al polen!!!

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Mis rollitos de primavera
Raciones: 6 ud

100 gr de zanahoria
100 gr de calabaza
100 gr de col
un puñado de pasas
una cucharada sopera de sésamo, crudo
salsa de soja
aceite
sal
pasta para rollitos

Limpiar y pelar la calabaza y las zanahorias. Rallarlas.
Limpiar la col y cortarla en juliana fina, desechando los trozos blancos más duros.
En una sartén con un poco de aceite añadir el sésamo crudo y darle un par de vueltas, para que se dore un poco.
Añadir las verduras y rehogar a fuego fuerte un par de minutos, lo justo para que las verduras suban de color y queden aún aldente.
Añadir las pasas y un chorro generoso de salsa de soja. Reducir a fuego suave hasta que el líquido de la salsa se evapore.
Rectificar de sal (hay salsas de soja que llevan sal, así que a veces no es necesario).
Apagar el fuego y dejar templar antes de montar los rollitos.
Presentar una hoja de pasta para rollitos (son cuadradas) con un vértice hacia el cocinero, colocar una porción generosa de relleno y armar el rollito (podeís ver imágenes aquí )
Antes de cerrar la última punta la humedecemos pintándola con un poquito de agua (con el pincel de cocina o la punta de los dedos limpios) y presionando la masa para que no se nos abra al freir.
Freír los rollitos en abundante aceite caliente hasta que estén dorados, sacarlos y escurrirlos sobre papel de cocina.

Acompañar con salsa agridulce o con vinagre de frambuesa.

Gracias

27 octubre, 2010

Gracias a la cebolla, por permitirnos una excusa para romper a llorar.

También lo pide el cuerpo, de cuando en cuando.

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Albondigas de tofu y zanahoria (con salsa de cebolla)
Raciones: 4

500 gramos tofu
2 zanahoria
½ manzana
4 dientes ajo
4 cucharadas soperas sésamo; crudo
2 cucharadas soperas salsa de soja
1 rama de apio
pan rallado
harina
sal
aceite de oliva

Salsa (opcional):
2 cebolla
200 mililitros vino blanco
pimentón
cúrcuma
sal
aceite de oliva

Para las albóndigas:
Picar el apio y el ajo muy finos y reservar por separado.
Tostar el sésamo crudo en una sartén sin aceite y reservar
Dorar el ajo con un poco de aceite.
Picar muy fino o rallar el tofu -previamente escurrido- y rallar las zanahorias y la manzana.
Mezclar todo bien junto con el apio y una cucharada de pan rallado. Sazonar con la soja y una pizca de sal.
Dar forma a las albóndigas con la masa resultante y rebozarlas en harina.
Freírlas hasta que estén bien doradas, sacarlas y escurrir el aceite sobrante sobre un papel de cocina.

Para la salsa (opcional):
Picar la cebolla muy fina.
En una sartén con un poco de aceite pochar la cebolla
Añadir una cucharadita de cúrcuma, otra de pimentón y la sal. Añadir el vino blanco y reducir.
Añadir ½ vaso de agua y cocer un par de minutos.
Batir el resultado y pasar la salsa por el chino.

Estas albóndigas son deliciosas tal cual, acompañando a un arroz blanco, pero si quieres hacerlas en salsa solo hay que poner al fuego la salsa y añadir las albóndigas, dejando cocer unos 5 minutos. Hay que tener cuidado al manipularlas para que no se rompan, ya que son delicadas.

La única ley a tener en cuenta

6 septiembre, 2010

Esa primera cita a solas con un chaval que me gustaba muchisimo y a mi, la reina del zapato plano, no se me ocurre otra que ponerme unos taconazos del diez, finos, monisimos y además prestados.

Primer bar, primera copa y todo bien, en vertical. Salimos a por la segunda y yo, que iba embobada hablando con él, no veo que se me acaba la acera ni el escalón a la carretera… conclusión: ¿os acordáis de esos dibujos animados en que, de repente un personaje desaparece tragado por un agujero en el suelo marca Acme? Pues eso.

No se me olvidará en la vida la cara de asombro que puso al ver que tras un parpadeo yo ya no estaba allí y oir un quejido lastimero a la altura de sus rodillas. Esgince al canto, mi ego por los suelos (más que yo misma) y cita terminada…

Desde entonces, con él o sin él, ya no soy la misma. He descubierto que la gravedad funciona y que soy muy, muy patosa..

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Magret de pato a la pimienta con puré de castañas y zanahorias glaseadas
Raciones: 2

Magret de pato:
1 magret de pato
sal
pimienta negra; molida

Puré de castañas:
50 mililitros nata; líquida
1 cucharada sopera azúcar
25 gramos mantequilla
100 gramos castañas

Zanahorias glaseadas:
2 zanahoria; tormeada
agua
azúcar
aceite

Para las zanahorias:
Pelamos y torneamos las zanahorias de manera que queden pequeñitas.
Ponemos a fuego lento una cazuela con las zanahorias, agua, azucar y aceite.
Cocemos hasta que el agua se consuma, se terminen de hacer en el aceite y se caramelicen las zanahorias (quedan casi rojas).
Es el proceso que lleva más tiempo, así que es conveniente empezar a cocinar por aqui.

Para el puré de castañas:
Hervir, enfriar y pelar las castañas o usar castañas en almibar, bien escurridas.
Poner a cocer la nata con el azúcar (o no si usamos castañas en almibar) y la mantequilla.
Añadir las castañas limpias y escurridas.
Cocer durante unos minutos.
Retirar y triturar.
Mantener caliente al baño maría hasta el momento de servir.

Para el magret:
Acanalamos el magret por la parte de la grasa, cortando a cuchillo sin llegar a la carne y haciendo un dibujo de enrejado.
Ponemos una sartén limpia, sin aceite, a fuego muy fuerte.
Salpimentamos el magret poniendo la pimienta por la parte de la carne y cubriendolo totalmente (no pasa nada si nos pasamos de pimienta, porque una vez cocinado no molesta en absoluto ni queda demasiado picante).
Lo ponemos en la sartén muy caliente por la parte de la grasa unos 3 minutos y a fuego muy fuerte.
Bajamos el fuego a una intensidad media y cuando esté dorado le damos la vuelta y cocinamos 2-3 minutos más en su propia grasa, salseando mientras tanto.
De esta manera queda el magret muy poco hecho en el interior (es su punto ideal); si los comensales no están acostumbrados o prefieren la carne al punto sacamos de la sarén, fileteamos y pasamos de nuevo vuelta y vuelta los filetes por la sartén

Para presentarlo lo cortamos en filetes, acompañamos con el puré de castañas, salseamos con la propia grasa del pato que ha quedado en la sartén y añadimos las zanahorias glaseadas.

Pequeños placeres

25 agosto, 2010

Como bien me recordaba Anat hace unos días, la vida está plagada de insignificantes placeres que pueden ponernos una sonrisa en la cara en el momento más insospechado. Hice una lista entonces y voy a ampliarla un poco más ahora:

Me gusta hacer listas y tachar cada cosa cuando ya está hecha.
Me gusta mirar a los hombres desgarbados y olfatear a las mujeres que huelen a vainilla.
Me gusta el otoño.
Me gusta comerme el pico del pan recién comprado.
Me gusta que me señalen los detalles que se me escapan.
Me gusta el mar en todas sus variantes.
Me gusta ponerme reglas chorras y saltarmelas.
Me gusta llegar la primera a una cita y quitarle importancia cuando los demás llegan tarde y se excusan por hacerme esperar.
Me gustan tanto las palabras con doble sentido como el silencio cuando no hay nada inteligente que decir.
Me gusta que Javi me llame macarra, que Alfredo me llame ¡rubia! y que Luís me llame Marilyn
Me gustan los problemas porque la gracia está en buscar soluciones.
Me gustan las frambuesas.
Me gusta que a los que quiero les guste mi sonrisa.
Me gusta la sensación de quedarme dormida mientras escucho o leo una historia.
Me gusta hablar muy bajito cuando alguien me grita.
Me gusta comerme las zanahorias dejando el corazón dulce para el final.

Pero no me gusta demasiado que la gente me conozca, así que no se muy bien porque escribo esto.

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Mermelada de zanahoria

400 gramos zanahorias
1 limón
100 gramos azúcar
cardamomo; molido

Limpiar y pelar las zanahorias.
Ponerlas a cocer en una cazuela hasta que estén tiernas.
Escurrir bien y pasar por la batidora.
El puré obtenido se coloca de nuevo al fuego con el zumo del limón, cardamomo molido al gusto y la ralladura de medio limón.
Añadir el azúcar y cocer el conjunto hasta que la mermelada coja consistencia, removiendo de vez en cuando.
Se puede comer entonces, fría o caliente, o hacer conservas caseras.

Para hacer conservas llenar los tarros (bien limpios) hasta dos centimetros del borde, los cerramos bien y los cocemos al baño maría durante 30 minutos. Dejar enfriar, etiquetar y guardar en la despensa.

Se consume fría como acompañamiento de pan tostado o bollería, o caliente como guarnición de platos de carne, caza, foie o magret de pato.