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La noche blanca

26 abril, 2011

En verano nos reuníamos todos los amigotes en el pueblo y, la última noche de fiestas, nos juntabamos en el monte o a la vera del río (un río truchero, frío como el demonio aún en pleno agosto) a beber, hacer el cabra al lado de una hoguera y, en fin, a celebrar la nuit blanche (en honor a la mayoría francesa que reinaba en la cuadrilla).

Teníamos tradiciones estúpidas: todos los años alguien contaba el mismo chiste que perdía toda la gracia al traducirlo, los chicos apagaban el fuego cuando amanecía intentando apuntar desde lejos para no quemarse los bajos, el aguaplacida (una suerte de aguardiente de orujo con cerezas) y la queimada corrían por nuestras venas (destrozandonos el hígado y el comedimiento), caminabamos cuatro kilómetros de amanecida para desayunar chocolate con churros en Cacabelos y, siempre siempre, teníamos algún accidente benigno que, corregido y aumentado, nos daba pie a charlitas tontas el resto del verano.

Una de las últimas veces que la celebramos (antes de que las parejas fueran padres y los demás fueramos de veraneo por nuestra cuenta a sitios mas chic) fue mi turno en el desastre: Estaba yo, en una de esas noches oscuras, buscando un poco de intimidad entre los árboles de la vera del río cuando, sin saber muy bien donde pisaba, acabé resbalando… bajé rodando una ladera de zarzas y acabé en el lecho del río. ¡¡¡Joder, que susto, que dolor y qué frío!!!

Como anecdotilla de nuit blanche ya habría bastado, pero no, fue mejor todavía. Yo, que llevaba un globo considerable y que no veía la manera de salir, pegue un par de gritos para que mis colegas me echaran un cable. Mi principe azul de entonces acudió, raudo (aunque etílicamente confuso él también) a rescatarme y, al no encontrar manera de sacarme del entuerto sin caer el también, decidió tirarse a las gélidas aguas y socorrerme desde abajo, a costa de tener que salir de allí, ensopado, agarrandose a las zarzas con las manos desnudas

Hay que reconocer que ya desde el primer momento, no podíamos parar de reirnos; por la situación estúpida, por acabar empapados, muertos de frío y aseteados por las zarzas como si fueramos un acerico, por el choteo posterior y políglota de los amigos cuando nos vieron aparecer… Aún nos estabamos partiendo de risa cuando llegamos a casa en mitad de la noche y, ya dentro de una bañera calentita, ibamos sacandonos con unas pinzas las espinas de las zarzas…

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Truchas con plátanos
Raciones: 4

4 truchas de ración, en filetes
4 plátanos
20 gramos mantequilla
100 gramos bacon
2 dientes ajo
1 limón
aceite
harina
sal
pimienta molida

Limpiar las truchas (sacar las espinas que puedan quedar en los filetes con unas pinzas de cocina, identificandolas al tacto con las manos bien limpias), salarlas y enharinarlas.
Pelar los plátanos, cortarlos en rodajas y espolvorear con un poco de pimienta.
Cortar el bacon en juliana, eliminando las durezas y la corteza, si la hubiera.
Calentar un dedo de aceite en una sartén grande y freír las truchas junto a los ajos durante 5 minutos por cada lado hasta que se doren.
Sacarlas sobre papel absorvente y colocarlas en la fuente de servir.
Mientras, en otra sartén, rehogar los plátanos en la mantequilla unos minutos, hasta que estén dorados y melosos. Sacarlos a la fuente.
Freir el bacon cortado en tiras en la misma sartén de las truchas, quitando el aceite, y a fuego muy fuerte.
Cuando el bacon esté al punto, exprimir medio limón en la sartén, dejar reducir un par de minutos y repartir el salteado sobre la fuente.
Adornar con el resto del limón y servir.

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