Revival

Reglas no escritas para tener 18 años y ser mala:

– Afeitarme media cabeza, teñir el resto de mi pelo de negro y cardarmelo como un Robert Smith con parkinson, vestir de negro (sin olvidar las plataformas de varios centímetros), adoptar un aire triste y atormentado y, por supuesto, celebrar la noche de difuntos (entonces aún no había calabazas decoradas ni cosas de esas de jaloguin).

– Aprender a disfrutar de Poe y Kafka, escribir pequeños poemas horrorosos cada vez que me enamoraba, comprender el miedo de Munch y Van Gogh, escuchar Love and Rockets, los Smith y, claro, The Cure (aún sin saber ni papa de inglés, cantando fonéticamente).

– Beber guisqui a palo seco y huir del sol.

– Elegir pareja con la premisa de que sin sufrimiento no hay amor, romper y romperme el corazón al menos una vez por semana. Enamorarme de la belleza, sin más.

– Destacar por mi aspecto entre la multitud al mismo tiempo que afirmaba, aparentando convicción, que quería pasar desapercibida. Pasarme las convenciones sociales por el forro mientras luchaba con el sentimiento de culpa que tenía aún fresco, dada mi educación (relativamente) convencional.

Entonces era algo natural; veinte años después parece demasiado esfuerzo… Hoy en día ya no tengo que aparentar, soy más mala que un dolor sin proponermelo.

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Tortitas de calabaza
Raciones: 4

200 gramos calabaza
1 huevo
150 gramos harina
200 mililitros leche
30 gramos azúcar
1 cucharadita levadura
aceite
sirope

Pelar, quitar las pepitas y cortar la calabaza.
Ponerla en crudo en el vaso de la batidora y batirlo junto a la leche, el azúcar y el huevo hasta que quede un batido muy fino.
Mezclar la harina y la levadura y añadirlas a la mezcla anterior mientras seguimos batiendo hasta que quede una masa líquida similar a las crepes.
Poner a fuego fuerte una sartén pequeña antiadherente, añadiendo unas gotas de aceite, lo suficiente para que podamos manipular las tortitas sin que se peguen.
Cuando esté bien caliente echamos un cacito de mezcla y lo extendemos para que ocupe todo el fondo de la sartén creando una torta fina.
Cuando esté cuajado le damos la vuelta al aire o con la ayuda de una paleta y añadimos un par de gotas más de aceite para que no se peguen.
Dorar y sacar del fuego.
Repetir la operación mientras quede masa y apilar las crepes todas en una misma fuente para que se mantengan calientes mientras cocinamos.

Servimos tres en cada ración, mientras aún están calientes, decoradas con un hilo generoso de sirope de arce.

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