Motivación

Yo soy de la generación esa en la que todos los niños pequeños de Madrid aprendían a nadar con más o menos seis años (la que creció con un solo petitsuis, no nos engañemos). Y ese era el plan en mi caso; tres días por semana de clase de natación durante un mes. Eso se suponía suficiente para que cualquier enano perdiera el miedo a “lo hondo” y aprendiera a hacer algo más que flotar.

El fallo del plan es que mi profesor era un nazi, de esos de la vieja escuela que creían firmemente en lo de “la letra, con sangre entra” o, en mi caso, con agua clorada (os hablo de finales de los setenta- pantalones de campana, incierta fe en la democracia, etc-)… Vale que yo siempre he sido cobardona, pero es que eso de tirarme donde cubría me daba muy mal rollo. El caso es que el buen señor, harto ya de que le toreara, decidió que lo mejor era emboscarse y tirarme al agua en cuanto me despistaba. Una vez me tenía, pataleando por mi vida, no me dejaba salir ni agarrarme a borde; el muy capullo me empujaba la coroñilla desde arriba para mantenerme hundida hasta que no podía más. Y claro, en esa época uno no se atrevía a chivarse de los profes a los padres, porque si no te castigaban dos veces…

Así que tras doce sesiones de tortura yo lo único que conseguí fue un miedo crónico a los hombres en bañador y, eso sí, muy buenos reflejos para evitar las ahogadillas. Me consolaba pensando que, viviendo como vivía en Madrid, mi relación con el agua se iba a circunscribir a la blanca soledad de la bañera. ¡Qué equivocada estaba!

Me hice mayor y decidí irme a vivir a Las Palmas; tenía todo un océano a mi disposición para ahogarme a gusto. Y claro, ya con veinte añitos cumplidos y estudiando ciencias del mar, tuve que aprender a nadar de verdad.

Ehhh, eso fue otra cosa; poco a poco fui aprendiendo la técnica a mi ritmo con un buen profe (un canarión cachas que estaba como un queso, además… eso si era motivación). Por fin pude nadar en alta mar, entre los peces, y hoy día soy de las que va a diario a desestresarse a la piscina.

Así que, niños, la moraleja de hoy es… ¡Nada mejor que un buen subidón de hormonas para aprender lo que sea!

———–

Pastelitos de abadejo
Raciones: 4

300 gramos patatas
300 gramos calabacín
250 gramos abadejo u otro pescado
harina
aceite
sal
pimienta

Pelar las patatas y el calabacín, cortarlos en trozos medianos.
Ponerlos, con un poco de sal, a cocer hasta que estén tiernos.
Sacar y escurrir.
Mientras, limpiar el pescado hasta dejar la carne limpia y sin espinas.
Pincelar con un poco de aceite y hornear a 250º durante 8-10 minutos o hacer a la plancha.
Desmigar y reservar
Machacar las verduras hasta que nos quede una masa uniforme, añadir el pescado desmigado y mezclar bien.
Salpimentar.
Formar con la mezcla de pescado pasteles redondos y planos, y refrigerar unos 30 minutos, para que adquieran mayor consistencia y se puedan trabajar bien.
Enharinar y freír en aceite a fuego medio hasta que adquieran un color dorado.
Acompañar con un poco de mahonesa o salsa tártara y ensalada.

Anuncios

Etiquetas: , ,

Una respuesta to “Motivación”

  1. Ilu Says:

    Mi querida! Tu blog es exquisito.. en el mas amplio sentido!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: