Archive for 30 julio 2010

¿Qué, si no?

30 julio, 2010

Supieron que era amor cuando (abstemio uno y carnivoro el otro), tras compartir una noche de borrachera y desenfreno, salieron a comer a un vegetariano.

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Hummus de calabacín
Raciones: 2

250 gramos calabacín
20 gramos tahina
20 gramos de almendras
1 diente ajo
0.5 zumo de limón
aceite de oliva
sal
pimienta
comino; para decorar
pimentón; para decorar

Para este plato se utiliza el calabacín en crudo.
Pelar, eliminar las pipas y trocear el calabacín.
Triturar todos los ingredientes menos los de decorar hasta que quede como una crema.
Verter en un plato y espolvorear por encima el comino y el pimentón, por último poner un hilito de aceite sobre el hummus.
Dejar reposar y servir frío.

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Motivación

29 julio, 2010

Yo soy de la generación esa en la que todos los niños pequeños de Madrid aprendían a nadar con más o menos seis años (la que creció con un solo petitsuis, no nos engañemos). Y ese era el plan en mi caso; tres días por semana de clase de natación durante un mes. Eso se suponía suficiente para que cualquier enano perdiera el miedo a “lo hondo” y aprendiera a hacer algo más que flotar.

El fallo del plan es que mi profesor era un nazi, de esos de la vieja escuela que creían firmemente en lo de “la letra, con sangre entra” o, en mi caso, con agua clorada (os hablo de finales de los setenta- pantalones de campana, incierta fe en la democracia, etc-)… Vale que yo siempre he sido cobardona, pero es que eso de tirarme donde cubría me daba muy mal rollo. El caso es que el buen señor, harto ya de que le toreara, decidió que lo mejor era emboscarse y tirarme al agua en cuanto me despistaba. Una vez me tenía, pataleando por mi vida, no me dejaba salir ni agarrarme a borde; el muy capullo me empujaba la coroñilla desde arriba para mantenerme hundida hasta que no podía más. Y claro, en esa época uno no se atrevía a chivarse de los profes a los padres, porque si no te castigaban dos veces…

Así que tras doce sesiones de tortura yo lo único que conseguí fue un miedo crónico a los hombres en bañador y, eso sí, muy buenos reflejos para evitar las ahogadillas. Me consolaba pensando que, viviendo como vivía en Madrid, mi relación con el agua se iba a circunscribir a la blanca soledad de la bañera. ¡Qué equivocada estaba!

Me hice mayor y decidí irme a vivir a Las Palmas; tenía todo un océano a mi disposición para ahogarme a gusto. Y claro, ya con veinte añitos cumplidos y estudiando ciencias del mar, tuve que aprender a nadar de verdad.

Ehhh, eso fue otra cosa; poco a poco fui aprendiendo la técnica a mi ritmo con un buen profe (un canarión cachas que estaba como un queso, además… eso si era motivación). Por fin pude nadar en alta mar, entre los peces, y hoy día soy de las que va a diario a desestresarse a la piscina.

Así que, niños, la moraleja de hoy es… ¡Nada mejor que un buen subidón de hormonas para aprender lo que sea!

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Pastelitos de abadejo
Raciones: 4

300 gramos patatas
300 gramos calabacín
250 gramos abadejo u otro pescado
harina
aceite
sal
pimienta

Pelar las patatas y el calabacín, cortarlos en trozos medianos.
Ponerlos, con un poco de sal, a cocer hasta que estén tiernos.
Sacar y escurrir.
Mientras, limpiar el pescado hasta dejar la carne limpia y sin espinas.
Pincelar con un poco de aceite y hornear a 250º durante 8-10 minutos o hacer a la plancha.
Desmigar y reservar
Machacar las verduras hasta que nos quede una masa uniforme, añadir el pescado desmigado y mezclar bien.
Salpimentar.
Formar con la mezcla de pescado pasteles redondos y planos, y refrigerar unos 30 minutos, para que adquieran mayor consistencia y se puedan trabajar bien.
Enharinar y freír en aceite a fuego medio hasta que adquieran un color dorado.
Acompañar con un poco de mahonesa o salsa tártara y ensalada.

La mala hora

28 julio, 2010

Hay ratos malos y ratos muy malos.

Como ejemplo de los primero, tomemos por caso el día que me enteré que los trabajadores de metro, en huelga para que no se toque su convenio, decidieron dejar de resistir. Me sumí en la desilusión de la clase obrera al ver, una vez más, como los derechos ganados a base de esfuerzo y lucha (y que son ley) acaban en el cubo de los poderosos, donde se compostan con el resto de de(s/r)echos.

Ejemplo de los segundos; el momento, sublimemente trágico, en que me doy cuenta de que, realmente, los primeros dejan de sorprenderme e importarme un pito. ¿Habré dejado de ser persona para convertirme en gente?

Hago lo que puedo, pero no se pueden pedir peras al olmo.

Luego también hay ratos buenos. Pero esos requieren otra historia.

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Peras al gorgonzola
Raciones: 2

2 peras maduras
1 cucharadita zumo de limón
100 gramos queso gorgonzola
100 gramos queso fresco; philadelpia o mascarpone
cayena; molida
Cilantro fresco; picado

Mezclar a fondo el gorgonzola con el queso fresco y la pimienta de cayena, batiendo con batidora hasta que quede una crema suave.
Pelar y cortar las peras por la mitad, a lo largo.
Quitar el corazón fibroso y las pepitas y untar las peras con el zumo de limón para que no ennegrezcan.
Rellenar a manga el centro de cada pera con la crema de queso y decorar espolvoreando un poco de cilantro picado.
Servir bien frio.

La invasión de los ultracuerpos

27 julio, 2010

Todos los años por estas fechas me enfrento con una plaga, terrible y ominosa, que deja los lugares por los que pasa cubiertos de desesperación, ansiedad y desconcierto.

Un día estoy tan feliz, paseando por los caminos empedrados del monte bajo que rodean las huertas, trasteando entre productos propios de la época en la sede de mi particular hipermercado, charlando inocentemente con mis más queridos amigos y al día siguiente, de repente, me doy cuenta de que mis conocidos y familiares, incluso aquellos que hace mucho tiempo que no veo, me miran con ojos vidriosos (una extraña mezcla de ansiedad y hastío) y aprovechan cualquier oportunidad para intentar endilgarme dos o tres vainas gigantes con la excusa de que “son cultivados en casa”, “nosotros ya tenemos suficientes” o el tan manido “mujer, si lo hemos cogido especialmente para ti”.

Se han convertido en esclavos del pisto, los gratinados, las cremas frías… y lo que es peor aún; han sido capaces de traspasar la última frontera de lo imaginable al mancillar la típica tortilla de patatas… En su desesperada actitud comprendo que ellos ya han sido abducidos; para mis seres queridos ya no hay vuelta atrás. Intento luchar contra lo inevitable, pero me acorralan. Claudico ante la invasión y acabo dejando que estos terribles seres colonicen todos los rincones frescos y secos de mi piso.

Estoy perdida y tengo miedo. Ha llegado la hora del calabacín gigante.

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Batido de calabacín
Raciones: 2

200 gramos calabacín
200 mililitros leche , O
200 mililitros leche de soja
azucar moreno
1 rama de canela
Canela en polvo, para decorar

Pelar y eliminar las pepitas del calabacín
Cortarlo en daditos.
Ponerlo a hervir en muy poca agua junto con la rama de canela, durante 15 minutos.
Retirar del fuego y dejar infusionar la canela otros 10 minutos.
Quitar la rama de canela, añadir la leche o leche de soja y el azúcar moreno al gusto.
Triturar con la batidora hasta que quede totalmente homogeneo y sin grumos.
No suelen quedar hebras, pero aún así, los niños se lo beberán con más agrado si lo colamos.
Dejar enfriar totalmente y servir decorado con canela en polvo.

A la fresca

22 julio, 2010

Cuando la economía de guerra no nos permite salir de Madrid en verano, hay que buscar la manera de sobrevivir en una ciudad en la que, con cuarenta grados a la sombra ( y el cerebro en coma táctico mientras hay sol) te sudan hasta las uñas.

Nuestra salvación es la terraza chil-out que nos hemos montado reciclando unos cuantos palets que encontramos en la calle y que nos permiten salir a cenar a la fresca, tomarnos unos helados o unas cervezas, mientras preparamos el próximo plan maestro para dominar el mundo.

Este año ya no es lo mismo; nuestros vecinos de enfrente (sí, esos que salían en bolas a broncearse y que cuando se iban de vacaciones sacaban a su terraza un display con forma de personas tomando el sol, para despistar a los cacos) han vendido la casa y se han mudado. Era una pareja muy majeta; de hecho no llamaron a los bomberos aquella vez que intentamos hacer una barbacoa y las llamas alcanzaron proporciones nerónicas. Cuando vieron que, aunque teníamos las cejas quemadas, nadie iba a salir herido más que en su orgullo, empezaron a tomarnos el pelo pidiéndonos la receta…

No hemos ganado con el cambio; los nuevos son de esos que, con la excusa futbolística, han cambiado la bandera arcoiris de los anteriores por una, rancia y sin gracia, bandera española (y me temo que se va a quedar fija, a estos si que se les ve el plumero) y se han comprado una tele gigante que intentamos evitar ver desde nuestro pequeño refugio anti-todo.

Vale que con su actitud nos dan pie a mantener el nivel de indignación adecuado para no decaer en nuestro empeño de dominar el mundo (desde la tranquilidad de nuestras tumbonas), pero me temo que nos van a dar menos alegrías (al menos de las visuales).

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Helado de limón
Raciones: 4-6

250 mililitros zumo de limón
200 gramos azúcar
250 mililitros agua
2 claras
Hierbabuena, picada muy fina

En un cazo, poner el agua y el azúcar.
Hervir durante 3 minutos. Apartar y reservar.
Exprimir los limones y picar la hierbabuena muy fina.
Una vez que el almíbar este frio, mezclarlo con el zumo de limón y la hierbabuena.
Introducir la mezcla en el congelador y, cuando esté medio congelado, montar las claras de huevo y mezclar con cuidado de que las claras no bajen.
Se vuelve a meter al congelador y se le da una vuelta una hora después, para acabar de mezclar bien.
Se puede servir tal cual o decorado con hojas de hierbabuena o con ralladura de limón, para los más atrevidos

TSNR

21 julio, 2010

No es que yo sea una santa, ni mucho menos; reconozco que para mí no hay sitio más acogedor que el hueco de una cadera ajena y que en asuntos de fidelidad conyugal mi concepto es más ¿cómo decirlo?… amplio, generoso, alegre… que el de la mayoría. Que soy un poco pendón, vamos; o al menos eso diría mi madre, si supiera, la pobre.

Sin embargo con los años y el efecto (demoledor) de la gravedad, he descubierto que las expectativas casi nunca resisten el contacto con la realidad. Por eso, y aunque a nadie le amarga un dulce, al final lo divertido para mi es SABER que podría hacerlo, si quisiera; me quedo con el coqueteo, la TSNR (Tensión Sexual No Resuelta) y el yo te daría si tu me dieras… así que me he ido acostumbrando a las calabazas, dadas y recibidas.

¡Y (hay que ver), han acabado gustándome!.

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Buñuelos de calabaza y parmesano
Raciones: 4 menu, 8 aperitivo

300 gramos calabaza
100 gramos harina
2 huevos
1 cucharada sopera pan rallado
1 cucharadita levadura; en polvo
2 cucharadas soperas parmesano; rallado
nuez moscada
aceite
sal
pimienta

El parmesano rallado puede sustituirse por cualquier otro queso bien maduro que sea fácil de rallar.
Cortar la pulpa de la calabaza, pesada sin piel ni semillas, en dados.
Cocer al vapor unos 20-25 minutos, o hasta que quede muy tierna.
Mezclar en la batidora la pulpa de la calabaza con la harina, la levadura en polvo, los huevos, el pan rallado y el parmesano rallado, sazonando con una pizca de nuez moscada, sal y pimienta.
Una vez se haya mezclado bien y quede una masa fina, freir cucharadas de masa en aceite bien caliente, hasta que queden dorados los buñuelos.
Escurrir sobre papel de cocina y servir recién hechos.

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Inventario de bares

19 julio, 2010

A mi la cerveza, sin disgustarme (porque no se debe renegar del primer amor, aunque sea amargo), no es una bebida que me acabe de convencer. Es decir, en verano una cervecita fresca en el momento adecuado te da la vida, no lo niego, pero a mi se me sigue pegando al paladar el amargor propio de las cañas, por eso prefiero tomar claras.

Como tengo poco aguante para el alcohol (salvo con el tequila, no me preguntes por qué, pero a tequilas tumbo a tíos que son el doble de grandes que yo), cuando salimos de tapeo yo voy (bar si, bar no) a cortos de clara o a sidras mientras mis acompañantes trasegan una jarra tras otra.

Hacer una buena ruta de bares es todo un curro que requiere mucho esfuerzo y muchos bares fallidos; sin aire acondicionado en verano, con camareros que no saber tirar cañas o que son bordes, en los que no te ponen ni un triste plato de aceitunas, en los que no se puede fumar… A base de experiencia, y trabajo duro para nuestro hígado, hemos ido haciendo un recorrido, durante el cual nos mantenemos en pie a base de elegir los mejores bares de tapas a las horas de la comida y rellenando el tiempo entre medias con combustible líquido y patatitas fritas.

Pero es una lista en constante revisión; que Madrid es muy grande, está lleno de bares y somos infatigables cuando tenemos una misión.

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Aceitunas escondidas
Raciones: 4

30 aceitunas; verdes sin hueso
75 gramos harina
50 gramos queso parmesano; rallado
40 gramos mantequilla
1 cucharada sopera agua; fría

Verter la harina en un bol, el agua fría, el queso y la mantequilla a punto de pomada.
Mezclar hasta obtener una bola lisa y uniforme ( se puede añadir un poquito más de agua, si es necesario).
Envolver la masa en un trozo de film transparente y guardar en la nevera durante unos 30 minutos.
Escurrir las aceitunas y ponerlas sobre papel absorbente para que sequen completamente.
Precalentar el horno a 180º C.
Arrancar un pellizco de la masa, un poco más grande que una aceituna, moldearlo en forma pequeña bola, aplanarlo en las palmas de las manos y colocar en el centro una aceituna; se envuelve con la masa, redondeándola para formar una bolita y ponerlas sobre papel en la bandeja de horno.
Repetir la operación hasta que se terminen las aceitunas y la masa.
Cuidando que no se toquen unas a otras en la bandeja, hornear hasta que estén ligeramente tostadas y crujientes, unos 20 minutos.
Retirar y guardar en la nevera durante unas 2 horas antes de servirlas frías.

Podemos hacer más cantidad para otras ocasiones y conservar en el congelador, listos para sacar y hornear directamente.

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La tia Pepa

17 julio, 2010

Mi abuela era una de esas de antes de la guerra, hecha para durar. Desde que tengo memoria la recuerdo afilando el cuchillo que usaba para cortar las patatas (un cuchillo que ya casi no tenía hoja y que cortaba como una frase hiriente).

Se pasaba horas y horas cocinando, siempre con muy pocos ingredientes (hacía unos guisos y caldos a fuego lento que eran casi pecado); pero era una mujer de pueblo y lo mismo recogía los huevos del gallinero como sabía la hora por el sol o mataba un conejo con ese mismo cuchillo con una destreza propia de los cuerpos de élite.

Era de pocas palabras y lloraba como si fuera la última vez que se despedía de nosotros todos los finales de verano. Pero también era la que nos decía, sonriendo burlona, que se nos iban a salir las tripas por la herida cada vez que nos curaba una magulladura y, claro, así no había manera de chantajearla para que nos mimara….

Disfrutaba mucho con sus nietos. A tu salud abuela.

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Col  a la leonesa

Col blanca
Cebolla
Aceite de oliva
Pan
Pimentón
Sal
Ajo (opcional)

Cortar la col y la cebolla (más o menos el mismo peso de una como de otra) en juliana fina y picar el ajo.
Cocer la col con un trozo de pan, para evitar los olores molestos, hasta que esté tierna.
Quitar el pan y escurrir por completo.
Rehogar el ajo y añadir la cebolla pochándolo todo a fuego suave en un poco de aceite.
Añadir la col y rehogar.
Añadir la sal y el pimentón y dar una vuelta, evitando que el pimentón se queme.
Puede servir de primer plato o como guarnición de carnes.

Mary, la dulce Mary

15 julio, 2010

El año pasado hubo un concierto de AC/DC en el Calderón, a un kilometro escaso de mi casa.

En principio eso no es ni bueno ni malo. Pero acostumbrada como estoy a que los atléticos (tan sufridores y tan buena gente ellos) paren el tráfico cada vez que salen del partido mientras caminan (tristones o alegres según el marcador final) ya me temía lo peor al imaginar a miles de melenudos rockeros ocupando cada centímetro de la calzada y acera por las que paso con la bici de vuelta a casa.

Pues bueno, me resigné a tener que pisar unos cuantos pies mientras cruzaba la marabunta y preparé, sólo por si acaso, mi repertorio de frases hirientes al tiempo que hacía un inventario mental de las Urgencias que me quedarían más cerca…

Pero, oh sorpresa, llegué a la glorieta de pirámides y me encontré que sí, que las aceras y algún carril se rebosaban con un montón de greñudos (muchos de ellos con una combinación tierna de pelos largos y coronillas calvas, y es que el grupo ya tiene sus añitos) arremolinados en grupitos alrededor de sus litronas, cigarritos de la risa y minis de kalimocho. Según empecé a pasar, fue como lo de Moises abriendo el Mar Rojo; me abrieron un carril al tiempo que me animaban a correr cuestaabajo al grito de “¡¡¡dejar pasar a la chica!!!”. Brindaban por el Rock a mi paso y me gritaban palabras de ánimo. Cuando llegué al puente me di la vuelta y constaté, divertida, que la acera se había vuelto a cerrar y estaban todos otra vez a lo suyo.

¡Qué majetes los Heavis! y qué sencillo es todo cuando hay buen rollo.

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Masa sablé – Pastas de mantequilla
Raciones : 2 kg de masa- aproximadamente 150 pastas

1 kg de harina
625 gr de mantequilla
300 gramos de azúcar glass
3 huevos
vainilla
colorante

Mezclar la mantequilla, colorante, vainilla, huevos y azúcar sin trabajarla, sólo con las manos.

La mantequilla ha de estar muy fría.

Primero deshacemos los grumos grandes de la mantequilla y luego trabajamos suavemente hasta que admita toda la harina y quede una mezcla suave y homogénea.

Es una masa básica que sirve para hacer fondos de tarta, tartaletas, pasteles, pastas…

Aguanta 2-3 semanas en nevera y un año bien congelada.

Para hacer pastas, extender la masa con un rodillo sobre una superficie enharinada hasta que tenga medio centímetro de grosor.

Cortarlas con cortapastas o cuchillo ponerlas en una placa de horno enharinada y hornear a 180º hasta que estén doradas (12-15 minutos).

Poner a enfriar sobre una rejilla y decorar (en este caso con gelatina verde, que actua como pegamento para el coco rallado o el azúcar)

Hippies, perroflautas y otras hierbas

14 julio, 2010

Estaba yo tan tranquila, cuando de repente mi consorte (que es el relaciones públicas de la familia) me dice que las gentes del BaH-de-Verde planean una acción colectiva para conocernos, sacar algo de pasta y hacer piña. Y claro ¿qué mejor que preparar una cena?.

Me lo comenta con la boca pequeña… “Es que vamos a ser unos 50 y hay que cocinar con opción vegetariana y baratito y para cocinarlo entre todos… ¿te ateves?” pausa, y después en un susurro “ya he comentado en la asamblea que te podrías encargar tú…”. Y me mira con ojillos de cordero. Casi me da la risa al pensar que estoy deseando meterme en un embolao de esos con tanta gente.

Le miro con gesto severo “Pero tendré ayuda, ¿No?, ¿podré esclavizar al personal hasta que todo esté a mi gusto?, ¿y tomar cañas por la cara mientras cocino?” Se que no hay problema, pero me mola ponérselo difícil, que si no se me acostumbra….

Tras hacer un presupuesto y proponer seis platos (veganos, ovolactovegetarianos y carnivoros) y esperar a que la asamblea decida (está bien, no digo yo que no, pero lleva su tiempo) que haremos cinco de ellos, todo lo demás sale rodado… Con cuatro pinches a mis ordenes, je,je, y más de tres horas para prepararlo todo, terminamos la noche con todo consumido, algo de pasta en el bote y 50 perroflautas felices con la barriguita llena.

Los cocinillas nos despegamos de los fogones para charlar con las victimas y salimos a hombros.

Misión cumplida.

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Falafel
Raciones: 2 menu-4 aperitivo

200 gramos garbanzos; remojar
5 gramos cilantro
5 gramos hierbabuena
5 gramos comino
5 gramos curry
5 gramos sésamo
aceite de oliva
pimienta
sal

Triturar los garbanzos en crudo, tras remojarlos en agua fría al menos 12 horas, con una pizca de sal y pimienta, hasta que quede una pasta tosca.
Escaldar la hierbabuena y el cilantro, para posteriormente picarlos y añadirlos a la pasta de garbanzos.
Agregar el comino, el curry y el sésamo.
Déjarlo 1 hora en el frigorífico.
Cuando haya pasado ese tiempo, formar pelotitas como albóndigas con esa masa que ya habrá adquirido consistencia.
Freir en aceite caliente sin humear.
Se pueden acompañar con salsa tártara, mahonesa o de yogur o servirlo rellenando pitas con ellos y ensalada.